Vivió como un vampiro en Managua: la extraña estadía de Howard Hughes en Nicaragua

Managua, 23 de diciembre de 1972. La medianoche navideña envolvía la ciudad en un falso silencio de luces y esperanza. Mientras la mayoría dormía, en el séptimo piso del Hotel Intercontinental, un hombre que parecía un espectro de sí mismo repetía por enésima vez Goldfinger en una pantalla privada.

Tenía 67 años, pero aparentaba ochenta. Su cuerpo, destrozado por accidentes aéreos, morfina y paranoia, era apenas la sombra del galán que había seducido a Katharine Hepburn y Ava Gardner.

Ese hombre era Howard Hughes.

Y esa noche, el destino le tenía preparada una cita que ni todo su dinero podría evitar.


Nadie en el hotel sabía exactamente quién era el huésped que había alquilado el séptimo piso completo, veintiséis habitaciones del sexto y varias del octavo. Solo sabían que era intocable.

El dictador Anastasio Somoza había ordenado desalojar a otros clientes para complacerlo. Hughes no salía de su suite. No hablaba con nadie. Vivía como un fantasma rodeado de un ejército de asistentes que lo protegían del mundo… y del mundo lo protegía de él.

Pero a las 00:35 a. m. del 23 de diciembre, la tierra rugió con 7.2 grados de furia. El suelo se abrió. Managua se convirtió en un infierno de escombros y gritos.

En medio del caos, un multimillonario en silla de ruedas intentaba huir. Según la leyenda, un guardia nacional lo cargó en hombros escaleras abajo sin saber que llevaba sobre su espalda a uno de los hombres más ricos del planeta.

Hughes, agradecido, habría enviado 100 mil dólares a Somoza para recompensar al salvador. El dinero, dicen, nunca llegó a destino.

Al amanecer, mientras Managua era un cementerio humeante, Hughes ya estaba en su avión privado rumbo a Fort Lauderdale. Nunca volvería.


¿Quién era realmente aquel fantasma?

Howard Robard Hughes Jr. nació (supuestamente) en Nochebuena de 1905. Desde niño mostró una mente brillante y perturbada. A los once años inventó una radio de onda corta. A los trece se fabricó su propia motocicleta porque su padre no quiso comprársela.

Perdió a su madre, obsesionada con los gérmenes, y a su padre poco después. Con apenas veinte años heredó una fortuna y decidió gastarla exactamente como quería: en aviones, mujeres y películas.

Y lo hizo como nadie.

Produjo Hell’s Angels, Scarface y The Front Page. Rompió récords de velocidad en el aire. Construyó el Spruce Goose, el avión más grande del mundo.

Sus ingenieros sentaron las bases de la aviación moderna, los misiles guiados, la televisión en directo y hasta los satélites que hoy nos permiten comunicarnos. Hughes no solo soñó el futuro: lo fabricó.

Pero el mismo hombre que cambió el mundo no podía tocar un pomo de puerta sin lavarse las manos hasta sangrar.


Su trastorno obsesivo compulsivo se volvió una prisión de cristal. Temía los gérmenes como otros temen a la muerte. Revisaba diez veces si la puerta estaba cerrada, si el teléfono tenía línea, si su traje estaba perfectamente planchado.

Obligaba a sus empleados a usar guantes y a quemar documentos que él había tocado.

En 1947 pasó cuatro meses encerrado en una sala de proyección, desnudo, comiendo solo chocolates y leche, orinando en frascos y dejando crecer su cabello y uñas hasta convertirse en un ermitaño salvaje.

Cuando llegó a Nicaragua en 1971, huyendo del fisco estadounidense, ya era una ruina humana. Vivía en la Suite Presidencial 7000. Sus asistentes sacaban la basura: jeringas, sueros, frascos de medicamentos.

Todo desechable. Las camareras del hotel jamás lo vieron. Solo pasaban sábanas y toallas en la puerta. María Elena Montenegro, ama de llaves durante más de cuarenta años, recuerda que lo trasladaban oculto bajo sábanas en un carrito al que llamaban “Chabelo”, para que nadie viera al millonario más famoso del mundo.


Howard Hughes murió el 5 de abril de 1976, en un avión que lo llevaba de Acapulco a Houston. Pesaba menos de 40 kilos. El cabello y la barba le llegaban a la cintura. Las uñas eran garras. El FBI tuvo que identificarlo por huellas dactilares.

El genio que había conquistado los cielos, seducido a Hollywood y soñado con unir océanos a través de Nicaragua terminó sus días como un prisionero de su propia mente.

Entre el cielo y el infierno. Entre el genio y la locura.

Howard Hughes no fue solo un millonario excéntrico. Fue la prueba viviente de que el límite entre la grandeza y la destrucción a veces es tan delgado como una hoja de afeitar… y tan afilado como ella.

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