Los indios flecheros de San Jacinto: héroes en 1856, perseguidos por el Estado en 1881

Hay historias que se enseñan en los colegios.

Y hay otras que permanecen escondidas entre documentos viejos, decretos, partes militares y testimonios que durante décadas casi nadie se detuvo a leer.

La historia de los indios flecheros de Matagalpa pertenece a las dos categorías.

Hoy los llamamos héroes nacionales.

Pero hubo un tiempo en que el Estado que los homenajea actualmente llegó a combatir a sus comunidades.

Para entender esa historia tenemos que regresar a septiembre de 1856.

William Walker y sus filibusteros controlaban buena parte de Nicaragua. En medio de la Guerra Nacional, el coronel José Dolores Estrada recibió la misión de establecerse en la Hacienda San Jacinto para impedir que las fuerzas filibusteras continuaran abasteciéndose de ganado y alimentos.

Estrada llegó con sus soldados.

Pero necesitaba refuerzos.

Desde Matagalpa partió entonces una compañía de aproximadamente 60 indígenas, procedentes de comunidades y cañadas como Yucul, Matapalo, San Pablo, El Chile y Jucuapa.

Salieron a pie.

Llegaron a San Jacinto el 11 de septiembre de 1856.

Eran jóvenes.

Algunos tenían apenas entre 17 y 25 años.

Y llevaban consigo armas muy diferentes a las de los filibusteros: arcos y flechas.

Su comandante era Francisco Sacasa.

Cuatro días después, aquellos jóvenes indígenas estarían en medio de una de las batallas más famosas de la historia de Nicaragua.

El 14 de septiembre, alrededor de 300 filibusteros atacaron la hacienda.

Los hombres de Estrada resistieron.

Los flecheros también combatieron.

El testimonio del capitán Carlos Alegría, uno de los participantes en aquellos acontecimientos, dejó escrito que los indígenas fueron tan útiles a la jornada del 14.

Aquella victoria se convirtió en símbolo de la defensa de la soberanía nacional.

Pero aquí comienza la parte de la historia que durante mucho tiempo quedó en segundo plano.

Porque los flecheros no fueron simplemente un grupo de hombres que apareció en San Jacinto, disparó sus flechas y desapareció de la historia.

Eran miembros de comunidades indígenas que tenían sus propias tierras, autoridades y formas de organización.

Y después de la Guerra Nacional, Nicaragua comenzó a cambiar.

El café empezó a adquirir una importancia creciente.

Las tierras tenían cada vez más valor.

Y las tierras comunales indígenas comenzaron a convertirse en un obstáculo para el nuevo modelo de propiedad que impulsaban los sectores dominantes.

En 1877, durante el gobierno conservador de Pedro Joaquín Chamorro, se aprobó una legislación que abrió el camino para la venta de terrenos ejidales y de comunidades indígenas.

Cuatro años después, el proceso adquirió una nueva dimensión.

El 5 de marzo de 1881, el gobierno del presidente Joaquín Zavala promulgó un decreto sobre la venta de terrenos ejidales y de comunidades indígenas.

El documento histórico todavía puede leerse.

Y hay una parte especialmente reveladora.

La ley establecía que los terrenos de las comunidades indígenas debían distribuirse en lotes entre los individuos o familias que las integraban y que una parte debía quedar destinada a la venta.

Sobre el papel podía parecer una medida administrativa.

En la realidad, significaba alterar profundamente el sistema tradicional de propiedad comunitaria.

Y mientras las tierras comenzaban a ser disputadas, apareció otro problema.

El trabajo forzoso.

Investigaciones históricas señalan que las autoridades locales impusieron a indígenas trabajos en obras públicas, entre ellas las relacionadas con la construcción del telégrafo.

El problema no era solamente trabajar.

Era la obligación.

Los indígenas debían abandonar sus actividades agrícolas para cumplir con trabajos impuestos por las autoridades.

La tensión fue creciendo.

Hasta que estalló.

El 30 de marzo de 1881, indígenas de las cañadas de Matagalpa se levantaron contra las autoridades.

Habían pasado apenas 25 años desde San Jacinto.

Y resulta imposible no detenerse ante la contradicción.

En 1856, jóvenes indígenas habían marchado para defender a Nicaragua frente a un ejército extranjero.

En 1881, indígenas de esas mismas comunidades se levantaban contra las autoridades de la Nicaragua que habían ayudado a defender.

No estaban luchando contra William Walker.

Esta vez el conflicto estaba dentro del propio país.

Las causas eran múltiples, pero entre ellas aparecen el trabajo forzoso, los abusos de las autoridades locales y la defensa de las tierras y de la organización comunitaria.

La situación se volvió cada vez más violenta.

Los indígenas llegaron a enfrentarse con las fuerzas gubernamentales.

Y el conflicto no terminó con el primer levantamiento.

En agosto de 1881 se produjo una segunda gran insurrección.

Miles de indígenas llegaron a rodear Matagalpa.

Portaban flechas, escopetas y otras armas.

Y aquí aparece uno de los detalles más estremecedores de toda esta historia: aquella capacidad de combate que sus antepasados habían puesto al servicio de la defensa nacional en 1856 volvía a aparecer 25 años después, pero ahora contra las fuerzas del propio gobierno.

El Estado respondió militarmente.

La rebelión fue reprimida.

Hubo muertos, ejecuciones y desplazamientos.

Las cifras exactas varían según las fuentes y no conviene repetirlas como si existiera un consenso absoluto.

Lo que sí está documentado es que la represión fue severa y que la estructura tradicional de las comunidades indígenas de Matagalpa quedó profundamente afectada.

La historia incluso tiene otra ironía.

Los jesuitas, que tenían una relación cercana con las comunidades indígenas y gozaban de gran influencia entre ellas, intentaron intervenir como mediadores.

Pero terminaron siendo expulsados de Matagalpa en mayo de 1881.

El gobierno sospechaba de su influencia y de una posible participación en la rebelión, aunque las investigaciones históricas posteriores han cuestionado esa acusación.

Y así llegamos a la pregunta incómoda.

¿Fueron traicionados los indios flecheros?

Si entendemos “traición” como que un gobierno les prometió algo en 1856 y después incumplió formalmente esa promesa, no tenemos pruebas suficientes para afirmarlo de esa manera.

Pero si utilizamos la palabra para describir una contradicción histórica, la respuesta es mucho más contundente.

Aquellos indígenas ayudaron a defender la soberanía de Nicaragua frente a los filibusteros.

Y décadas después, las comunidades indígenas de las que provenían enfrentaron políticas estatales que amenazaban su tierra, su autonomía comunitaria y sus formas tradicionales de vida.

Defendieron la patria cuando la patria estaba amenazada por un extranjero.

Y cuando intentaron defender sus comunidades frente a decisiones tomadas desde el poder nacional, fueron tratados como rebeldes.

Esa es la parte de la historia que merece ser contada.

Porque San Jacinto no fue solamente José Dolores Estrada.

No fue solamente Andrés Castro.

No fueron solamente los soldados que aparecen en los libros escolares.

También fueron aquellos jóvenes matagalpas que caminaron desde sus comunidades hasta San Jacinto para pelear por Nicaragua.

Y quizá la mayor paradoja de esta historia sea que tuvieron que pasar 156 años para que el Estado nicaragüense reconociera oficialmente a aquellos indígenas como héroes.

En 2012, la Asamblea Nacional aprobó una ley que declaró a los indios flecheros de Matagalpa Héroes de la Batalla de San Jacinto.

Hoy cuentan con un monumento a la entrada de la Hacienda San Jacinto.

Sus nombres no aparecen todos en los grandes titulares de nuestra historia.

Pero estuvieron allí.

Llegaron desde Matagalpa.

Combatieron en 1856.

Murieron algunos de ellos.

Y sus comunidades continuaron existiendo mucho después de aquella batalla.

Por eso, cuando este 14 de septiembre recordemos San Jacinto, quizá deberíamos hacernos una pregunta diferente:

¿Qué ocurrió con los hombres que ayudaron a ganar aquella batalla cuando terminó la guerra?

La respuesta nos lleva mucho más lejos que San Jacinto.

Nos lleva a Matagalpa.

A las tierras comunales.

A los abusos de las autoridades.

A las rebeliones indígenas de 1881.

Y a una de las grandes contradicciones de la historia de Nicaragua:

Los hombres que ayudaron a defender la soberanía nacional terminaron formando parte de un pueblo que tuvo que luchar nuevamente para defender su propia tierra.

Esa historia también es Nicaragua.

🇳🇮

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