Nueve días antes de la famosa victoria de San Jacinto, en aquella misma hacienda ya se había escuchado el ruido de los fusiles.
Era el 5 de septiembre de 1856.
Mientras hoy recordamos cada 14 de septiembre como la fecha de una de las mayores victorias militares de Nicaragua, existe una historia menos conocida que ocurrió exactamente en el mismo lugar y que fue, en cierto modo, el primer aviso de lo que estaba por suceder.
Porque San Jacinto tuvo dos combates.
Y el primero comenzó al amanecer.
En aquel momento Nicaragua vivía uno de los períodos más difíciles de su historia. Las fuerzas filibusteras de William Walker habían adquirido un enorme poder militar y controlaban importantes puntos del país. Su presencia no solo significaba una amenaza política: también afectaba directamente a las poblaciones y a los propietarios de las haciendas ganaderas.
El ganado era fundamental para abastecer a las tropas de Walker. Por eso, controlar las zonas ganaderas cercanas a Tipitapa significaba controlar también una fuente de alimentación para sus soldados.
En ese escenario apareció una figura que pronto se convertiría en uno de los grandes héroes militares de Nicaragua: el entonces coronel José Dolores Estrada.
Estrada y sus hombres habían llegado a la Hacienda San Jacinto el 29 de agosto de 1856, procedentes de Matagalpa, con la misión de proteger aquella zona y evitar que los filibusteros continuaran apoderándose del ganado.
La hacienda, aparentemente tranquila, se convirtió entonces en un pequeño puesto militar.
Pero los filibusteros no tardaron en reaccionar.
En la madrugada del 5 de septiembre, una fuerza enemiga se acercó a San Jacinto.
¿Cuántos eran?
Aquí comienza una de las particularidades de esta historia.
Las fuentes históricas no coinciden completamente en el número de atacantes. William Walker habló posteriormente de unos 40 jinetes; otros testimonios mencionan alrededor de 60, mientras que el parte oficial de José Dolores Estrada señaló que el enemigo era de más de 120 hombres.
Lo que sí está claro es que llegaron decididos a desalojar a los nicaragüenses.
Los defensores de San Jacinto tenían una gran desventaja en armamento. Muchos utilizaban fusiles de chispa, armas mucho menos modernas que las que poseían los filibusteros.
Pero tenían algo que conocían mejor que el enemigo:
el terreno.
Cuando comenzó el ataque, los filibusteros concentraron buena parte de sus disparos sobre el ala derecha de la posición nicaragüense. Allí intentaron avanzar aprovechando el terreno y las características de la hacienda.
Los defensores resistieron.
El combate fue intenso.
Según el parte oficial firmado por Estrada, el fuego se prolongó durante aproximadamente dos horas y media. En determinado momento, el coronel tuvo incluso que contener a sus propios soldados para impedir que abandonaran las posiciones que les había ordenado defender.
Finalmente ocurrió lo inesperado.
Los atacantes comenzaron a retirarse.
Y no se fueron con las manos vacías los defensores.
Los filibusteros dejaron abandonados rifles, espadas, un botiquín, instrumentos de cirugía, animales de carga y caballos, además de otros objetos que quedaron en poder de las tropas de Estrada.
El parte de guerra también registró bajas entre los atacantes y mencionó la muerte del cabo primero Justo Rocha, mientras resultaron heridos el capitán Carlos Alegría, el ayudante Abelardo Vega y el soldado Crescencio Ramírez.
Pero hay un detalle que hace todavía más interesante esta historia.
Carlos Alegría, uno de los hombres heridos en aquel primer combate, no abandonó la lucha.
Nueve días después volvería a estar allí.
En el mismo escenario.
Con la misma amenaza.
Pero esta vez la historia sería mucho más grande.
Después del ataque del 5 de septiembre, José Dolores Estrada comprendió que los filibusteros podían regresar con una fuerza mayor. Por eso solicitó refuerzos.
Desde Matagalpa llegó posteriormente un contingente de 60 indígenas flecheros, comandados por el capitán Francisco Sacasa. Su llegada, el 11 de septiembre, elevó la fuerza defensora hasta aproximadamente 160 hombres.
Y entonces llegó el 14 de septiembre.
Los filibusteros regresaron.
Esta vez no se trataba de una pequeña incursión.
La fuerza enviada por Walker era considerablemente mayor y estaba mejor armada. El mando estaba en manos de Byron Cole.
Pero algo había cambiado.
Los hombres de Estrada ya sabían que San Jacinto podía ser atacado.
Ya habían probado sus defensas.
Ya habían sentido el silbido de las balas.
Ya conocían el terreno.
Y algunos de ellos, como Carlos Alegría, llegaban al segundo combate después de haber sido heridos en el primero.
Por eso, cuando hablamos de la Batalla de San Jacinto, quizás deberíamos recordar que la historia no comenzó el 14 de septiembre.
Comenzó nueve días antes.
El 5 de septiembre fue el primer aviso.
El primer choque.
La primera prueba.
La primera vez que los hombres de William Walker descubrieron que aquellos nicaragüenses atrincherados en una hacienda ganadera no serían un enemigo fácil de expulsar.
Y el 14 de septiembre, cuando los filibusteros regresaron, encontraron una posición que ya había sido puesta a prueba.
San Jacinto había aprendido a defenderse.
Por eso existe una frase que podría resumir aquellos días:
Antes de convertirse en la gran victoria del 14 de septiembre, San Jacinto ya había ganado su primera batalla el 5 de septiembre de 1856.
Dos combates.
La misma hacienda.
Los mismos defensores.
El mismo enemigo.
Y nueve días que separaron una primera victoria de una de las páginas más memorables de la historia de Nicaragua.
La próxima vez que escuches hablar de la Batalla de San Jacinto, recuerda algo que muchos desconocen:
**el 14 de septiembre no fue el principio de la historia.
Fue el segundo capítulo.**
🇳🇮 San Jacinto: dos combates, una misma defensa y una historia que todavía tiene mucho que contar.


