En las calles empedradas de León, Nicaragua, a principios de los años treinta, caminaba un hombre que parecía salido de una novela romántica. Se llamaba Oliverio Castañeda Palacios, y quienes lo conocieron aseguraban que era imposible ignorarlo.
Alto, delgado, de piel clara y bigote fino, vestía siempre de negro impecable. Usaba bastón con empuñadura de plata, pañuelos perfumados y hablaba con una elegancia poco común.
Su mirada intensa y su facilidad de palabra hicieron que la sociedad conservadora leonesa lo recibiera con fascinación.
Había llegado desde Guatemala en 1932 junto a su joven esposa, Marta Jerez. Decía ser abogado, poeta y hombre culto.
Muy pronto comenzó a frecuentar las casas más importantes de León: los Gurdián, los Jerez, los Contreras y otras familias influyentes de la élite nicaragüense.
Las tertulias giraban alrededor de él. Las mujeres lo admiraban abiertamente y muchos hombres, aunque desconfiaban un poco de aquel extranjero demasiado perfecto, terminaban rindiéndose ante su carisma.
Oliverio escribía poemas, recitaba versos y dedicaba atenciones delicadas a las damas de sociedad. Algunos rumores incluso hablaban de romances secretos con mujeres casadas de familias poderosas.
Pero detrás de aquella imagen refinada comenzaba a esconderse algo mucho más oscuro.
En febrero de 1933 murió su esposa Marta en medio de convulsiones violentas y dolores insoportables. La ciudad sintió compasión por el joven viudo elegante y educado.
Sin embargo, poco tiempo después comenzaron nuevas tragedias dentro de la familia Gurdián, donde Oliverio era huésped habitual y casi un miembro más de la casa.
Primero murió Marina Elisa Gurdián. Luego enfermó gravemente el patriarca de la familia. Los síntomas eran escalofriantes: vómitos intensos, espasmos musculares, rigidez y una agonía dolorosa.
Los médicos descubrieron que el veneno utilizado era estricnina, una sustancia comúnmente usada para matar ratas.
Las sospechas empezaron a concentrarse sobre Oliverio.
Pronto surgieron testimonios inquietantes. Algunos vecinos afirmaban que tiempo atrás había envenenado perros del barrio por diversión. El doctor Juan de Dios Darbishire —relacionado con uno de esos episodios— se convirtió en uno de sus principales acusadores.
El juicio paralizó a Nicaragua entera. Fue considerado el escándalo criminal más grande de la época. Los periódicos seguían cada detalle y la población se dividió entre quienes lo consideraban un monstruo y quienes seguían hipnotizados por su personalidad.
Incluso encarcelado, Oliverio mantenía su porte elegante. Vestía con pulcritud, hablaba con calma y conservaba el magnetismo que había conquistado León. Frente al juzgado se reunían mujeres que gritaban:
“¡Libertad para Oliverio!”
Muchas pertenecían a familias respetables y seguían convencidas de que un hombre tan refinado no podía ser un asesino.
Finalmente fue condenado a muerte, aunque la pena fue cambiada por cadena perpetua. Sin embargo, nunca cumpliría la sentencia.
La noche del 24 de diciembre de 1936, mientras supuestamente intentaba escapar, la Guardia Nacional lo ejecutó aplicando la temida “ley de fuga”, una práctica usada en tiempos del somocismo para justificar ejecuciones extrajudiciales.
Murió cerca del cementerio de San Felipe, en León.
Su tumba todavía existe y durante décadas se convirtió en parte del misterio que rodea su figura. La lápida, sencilla y desgastada por el tiempo, lleva inscrito su nombre: “Oliverio Castañeda Palacios”.
Su tumba, ubicada en el antiguo cementerio de San Felipe en León, terminó convirtiéndose en parte de la leyenda. La lápida de Oliverio Castañeda lleva grabada una frase bíblica inquietante: “Mía es la venganza”.
Con los años, esa inscripción alimentó todavía más el misterio alrededor de su figura. Muchos visitantes quedaban impactados al leer aquellas palabras sobre la sepultura del hombre acusado de envenenar a miembros de la alta sociedad nicaragüense.
Para algunos era una provocación macabra; para otros, un mensaje de inocencia y resentimiento contra quienes lo condenaron. Incluso décadas después de su muerte, la tumba siguió atrayendo curiosos, admiradores y amantes de las historias oscuras de Nicaragua.
Muchos visitantes aseguran que durante años la gente acudía al cementerio solo para ver la sepultura del hombre que sedujo a toda una ciudad antes de convertirse en su criminal más famoso.
Algunos relatos populares incluso afirman que mujeres dejaban flores sobre la tumba mucho después de su muerte, incapaces de olvidar al enigmático guatemalteco que fascinó y aterrorizó a León.
Décadas después, el caso inspiró la famosa novela Castigo Divino de Sergio Ramírez, convirtiendo a Oliverio en una figura casi legendaria dentro de la historia criminal centroamericana.



